lunes, 7 de marzo de 2011

REF..LEJOS

Las personas somos animales de costumbres. A pesar de que la ruptura sea un hecho consumado, incluso cuando somos conscientes de que la historia que fue no será, aún por encima del desamor, quedan lazos que no terminan de desatarse y hábitos que no acaban de desaparecer.

- Esto no está bien, … esto no está bien - musitaba Ángel moviendo la cabeza con un ademán sombrío.




Hacía unos meses que habían decidido separarse. Por lo tanto, el que esa noche tuvieran que compartir la habitación del hotel era, simplemente, un hecho aislado que en nada cambiaba su situación actual. Habían llegado a un acuerdo, él necesitaba de su visión y ella de sus contactos, para seguir manteniendo el estatus en sus vidas por separado.


- Esto no está bien, … esto no está bien - repitió Virginia con sorna, mientras se desnudaba camino de la ducha arrojando las prendas sobre la cama, justo frente a la butaca que ocupaba su ex-marido.


Esto no está bien, esto no está bien... se repetía una y otra vez ahuyentando los recuerdos que acudían a su mente encadenados al sonido del agua que le llegaba desde el baño y que le evocaban una excitante sinfonía de pasados encuentros.





Virginia salió envuelta en una toalla. No pudo evitar mirarla. Era hermosa. Ella, sintiéndose mirada, se recostó contra el cabezal con las piernas abiertas y ligeramente flexionadas. Ángel agacho la mirada.

- Esto no esta bien, algo no está bien – No entendía lo que pasaba. Como era posible que sintiera de nuevo deseo. En los últimos meses que pasaron juntos la pasión había desaparecido. Se separaron porque habían dejado de funcionar. La miró de nuevo, pero no dijo nada. Virginia, provocativa, sosteniéndole la mirada, se preguntaba si, después de todo no valía la pena regalarse una nueva oportunidad. Pero sus esperanzas se iban desvaneciendo a medida que el silencio se iba haciendo cada vez más denso.



Ángel se quitó la ropa y, mascullando algunas maldiciones, se metió en la cama. Virginia no se movió, esta vez la cosa si que iba en serio de verdad. Absorta en esos pensamientos no pudo evitar que acudieran a su mente imágenes de momentos felices con una nitidez insospechada. Pensó que eran los malditos trucos de la memoria, sin embargo se dejó arrastrar a los recuerdos más placenteros. Después de todo, pensó, a estas alturas a quién iba a importarle…



Atraído por el reclamo del turbador sonido de su respiración agitada. Ángel la miró. Una vez y otra más. Ella seguía en idéntica postura, con los ojos fijos en alguna parte, ausente. El deseo le aguijoneó entre las piernas. No era para menos. La simple vista de aquel cuerpo hermoso, reflejado en el espejo, con las piernas abiertas mientras sus dedos, con delicados movimientos, acompasaban el ritmo de sus gemidos, era como para reventar las venas, que hinchaban ya, irremisiblemente, la masa cavernosa y roja de su masculinidad. La deseaba. Deseaba penetrarla. Necesitaba penetrarla.



Esto no esta bien, esto no esta bien – pensaba mientras su mano comenzaba a acariciar el muslo de Virginia con un ¿Puedo? en la punta de los dedos. Tomó el gemido de ella como un gesto de asentimiento. Le separó las piernas y colocándose entre ellas, inició un lento y refinado juego con su boca al que ella acompañó con rítmicos movimientos, gemidos cada vez más intensos y una profusa secreción de jugos, hasta que, a golpes de lengua, el placer estalló entre sus piernas.




Se detuvieron solo para volver a empezar. Quería ver como se masturbaba mientras su miembro, entraba y salía de su boca. Cuando más la miraba, más la deseaba y luchaba para que, su palpitante carne, no se derramase tan pronto. Quería darle más, quería darle todo. La colocó a cuatro patas y la penetró con suavidad. Poco a poco fue aumentando el ritmo de sus embestidas. Sus testículos golpeaban las nalgas, que se movían como solo ella sabía que le volvían loco. Virginia tenía la cabeza clavada en el colchón, ofreciéndose a su irreprimible deseo. Ángel no sabía si podría contenerse mucho más tiempo, se concentró en pensamientos ajenos, se mordió los labios, cerró con fuerza los ojos, contrajo todo su cuerpo y … aguantó. Aguantó hasta oírla gritar de placer haciendo temblar la habitación del hotel.



Tan solo se concedieron unos minutos antes de reanudar sin descanso aquel juego que se les había ido de las manos. La giró colocándose sobre ella. Frente al espejo, danzaron en el aire, a cada embestida, las piernas de Virginia. La penetraba con delicadeza, pero con una dureza extrema. Se abrazaron con fuerza, se comieron la boca, se mordieron y arañaron hasta incendiar la habitación. Ardieron el espejo, la cama y las sabanas ... Se quemaron y consumieron por completo en su propio fuego hasta que, al unísono, sus gritos de liberación desgarraron el aire...




- Como en los viejos tiempos eh!!... Cualquiera diría que nada ha cambiado dijo Virginia dándole la espalda.

Pero ambos sabían que eso no era cierto. Y Ángel apagó la luz.
(Relato para el concurso de TheSecret-LaRevista)