jueves, 2 de septiembre de 2010

LADY DE MEAIR (1)





Aún recuerdo aquel día como si fuera ayer mismo, y de eso ya han pasado bastantes años, en concreto siete.

En aquella época yo estaba casada con el Marques de Meair, un buen hombre, servicial, honrado, mayor que yo, y que estaba locamente enamorado de mí. Mi vida con él era de lo más relajada y tranquila, aunque siempre echaba un poco en falta el sexo, puesto que nuestros encuentros no solían ser muy habituales y tampoco eran nada del otro mundo, dados sus años y su poca experiencia en el tema, con lo cual me veía obligada a masturbarme, cosa que hacía a diario.

Me dejaba disfrutar de los favores de mis sirvientes, tanto hombres como mujeres, pero como era tan bueno conmigo me daba reparos hacerlo y tengo que reconocer que nunca le fui infiel, me conformaba con masturbarme y follarme a mí misma.

Pero mi vida era tranquila, era feliz y me conformaba con lo que tenía, sin pensar en nada más, disfrutaba de la vida que llevaba y eso era suficiente.

Y eso era así hasta que un maldito, o bendito, día de hace 7 años, conocí al que ahora es mi AMO, DUEÑO y SEÑOR, el Marques de Abraxas, el hombre que me tiene loca por él, el hombre que cambió por completo mi vida, mi existencia, mi forma de pensar, mi forma de vivir…mi propio ser, el hombre que descubrió la hembra que tenía escondida dentro, el que sacó a la luz lo mejor y lo peor de mí, el que dejó que la más extrema y viciosa de las mujeres apareciera a este mundo de pasiones y vicios más sublimes.

Mi esposo había invitado al Marques de Abraxas a pasar unos días en nuestro castillo en muestra de buena vecindad, ya que este último había adquirido hacía muy poco tiempo todas las tierras limítrofes a nuestro marquesado. Por lo visto era un noble con muy buenas influencias en la Corte y que había alcanzado fama y notoriedad en tiempo record.

La primera vez que lo ví fue entrando en el patio de armas del castillo, altivo, elegante, incluso con aires chulescos, montado en un caballo negro reluciente, con un séquito de soldados, dando imagen de ostentación, de poderío, de fuerza, de dominio.

Me retiré del balcón hacia mis aposentos y no volví a verlo hasta esa misma noche, durante la cena de bienvenida.

La mesa estaba dispuesta de tal forma que mi esposo la presidía, junto al Marques de Abraxas, quedando yo a la derecha de este y al lado izquierdo de mi esposo una dama que había acompañado a nuestro invitado.

Yo llevaba un vestido de escote recto y lo suficientemente ajustado para que marcara a la perfección todas las curvas de mi cuerpo.

No soy mujer de teta grande, más bien todo lo contrario. Mis tetas son pequeñas, dominadas por unos pezones no muy prominentes pero tremendamente sensibles a cualquier momento de placer. Incluso con el simple pensamiento consigo que se me pongan duros y erectos, marcándose a través de la fina tela de mis vestidos.

No sé la razón o la causa, pero su sola presencia me había alterado desde el mismo instante que entró en el castillo, desde el mismo instante que su esbelta figura asomó en el patio de armas, montado sobre aquel precioso caballo negro como el tizón, desde el mismo instante que lo ví.

Pero en estos momentos teniéndolo a mi lado, mi excitación era extrema. Me notaba caliente como jamás me había ocurrido, notaba mi corazón palpitar a un ritmo desenfrenado, incluso pensé que me podría dar mal. Nunca me había sentido así, y no me gustaba puesto que tenía miedo de no poder controlarme, de perder el dominio de la situación y de poder hacer algo de lo que luego me podría arrepentir.

Procuraba no mirar para él, pero notaba su presencia, su calor corporal, incluso lo que yo pensaba que era mi imaginación, pero era como una especie de fuerza mental que empezaba a meterse en mi mente, en mi cerebro.

No quería sentirlo pero deseaba sentirlo, no quería estar así pero deseaba estarlo, no quería vivir ese momento de excitación, pero lo estaba, estaba super excitada, no quería querer eso pero lo quería, y mi coño me lo demostraba.

¡¡DIOS!!...estaba literalmente encharcada.

Me preguntaba mentalmente por qué me estaba pasando esto con un hombre al que nunca antes había visto, al que no conocía de nada, al que a lo mejor no volvería a ver en mi vida, con un hombre con ademanes dominantes, chulescos, altivos.

No sabía la respuesta, sólo sabía que estaba caliente, excitada, tremendamente excitada.

La velada transcurrió entre la ingesta de exquisitos manjares, la degustación de aromáticos y deliciosos caldos, amenas charlas sobre temas de damas, de corceles, de cazas, de batallas, y ahí fue donde empezó todo.

Recuerdo que mi esposo hizo el comentario de que no le importaría en una batalla o en avatares de la vida perderlo todo, excepto a su esposa, a la que adoraba con pasión

- En serio, Señor de Meair, que vuestra esposa es vuestro bien más preciado?
- Sin ningún tipo de duda, Señor de Abraxas. Podría perder todas mis posesiones, todas mis tierras, todos mis bienes, pero no podría jamás renunciar a mi amada y adorada esposa, a mi Erica querida, aunque para mí ella no es un bien, es un regalo
- Pero pensad que es un bien material que os ha sido otorgado por la suerte o el azar
- No considero a mi esposa un bien material, mis caballos, mis tierras, mis bienes si lo son, pero ella no, ella es un don divino, es un maná celestial
- No estoy con vos, además casi estoy seguro de que si la perdierais podríais encontrar pronto una sustituta
- Jamás
- Tan seguro estáis?
- Tanto como que estamos hablando vos y yo
- Y vuestra esposa no opina al respecto?
- Preguntadle a ella, la tenéis a vuestra vera
- Que opináis al respecto, mi Señora?
- Que nada me podrá apartar de mi amado y adorado esposo, incluso con la pérdida de todos sus bienes, en la más completa penuria, sería feliz con él
- Perdonad mi incredulidad al respecto
- Dudáis acaso de las palabras de mi esposa?
- No es que dude, Señor de Meair, es que las palabras de las mujeres me son de una total incredulidad siempre, incluso las de vuestra esposa
- No me son de agrado sus palabras, Señor de Abraxas
- Lo siento Señora, pero suelo ser siempre claro en mis comentarios, por ello a veces me he creado muchas enemistades, pero es algo que tengo superado, aunque no me gustaría que ocurriera con vos
- Dejemos el tema seguir su curso y tengamos una placentera velada
- Desde luego que sí, mi Señora
- Y vuestra acompañante no opina al respecto?
- No debe ni puede hacerlo
- Por alguna razón concreta?
- Como vos bien habéis dicho hace un instante, dejemos el tema seguir su curso
- Muy bien, mi Señor


...continuará...

2 comentarios:

  1. Esta historia me está intrigando. Espero ansioso a ver qué pasa con los Marqueses y con toda esa Nobleza. A ver si va a aparecer también el Marqués de Sade.

    Interesantísimo relato, amiga Iam Vicky.

    Entre cena y cena de la Nobleza, te envío un cordial saludo,

    Antonio

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  2. Es por vuestra profesión que sabéis provocar ansiedad desmesurada?

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