jueves, 16 de septiembre de 2010

LADY DE MEAIR (2)


La velada se alargó hasta altas horas de la madrugada en que los comensales nos fuimos a nuestros respectivos aposentos. Aquella noche dormí sola puesto que mi adorado esposo estaba algo indispuesto por los efectos de la suculenta cena y de los licores que la regaron de forma abundante.
Me desnudé y me metí en la cama, pero no podía sacar de mi mente a ese engreído y altanero caballero que había osado dudar de mis principios, de mis más íntimos pensamientos de cariño, afecto y amor.
Intenté dormir, pero no podía. Me removía en mi cama.
Pensamientos morbosos empezaron a aflorar a mi mente y me era imposible conciliar el sueño. Odiaba a ese presumido, pero no se por qué razón, me sentía nerviosa por su culpa, pensaba en mi adorado esposo, pero a la vez pensaba en ese maleducado, presuntuoso y atrevido Señor de Abraxas, y me estaba mojando. Mi coño estaba encharcándose de jugos.
Me sentía sucia por ello, pero cuanto más sucia me sentía, más caliente me ponía, y cuanto más caliente me ponía, más necesidad tenía de masturbarme, de tocarme, de acariciarme.
No pude reprimirme más y echando la ropa hacia atrás, con mi cuerpo caliente y desnudo, separé mis piernas y los dedos de mi mano derecha buscaron mi clítoris, mi ya hinchado clítoris, mientras con la otra mano empecé a pellizcar mis pezones.
Me empecé a masturbar lentamente pero de forma obscena, como jamás lo había hecho, totalmente abierta, con las piernas separadas de par en par, con mi coño totalmente abierto, con los labios separados y con el clítoris a punto de estallar.
Dios mio…qué estaba haciendo?
Sabía que no estaba bien, que no debía hacerlo, pero mi mente dominaba mis dedos y una especie de orden me obligaba a seguir masturbándome, tocándome, follándome.
Me estaba follando con 3 dedos. Me los clavaba hasta lo más profundo de mi ya encharcado coño. Oía como chapoteaban en mis jugos. Me encanta ese sonido, ese ruido de mis dedos mezclados con mis jugos, follándome y haciendo que mis líquidos resbalaran por la parte interior de mis muslos.
Perdí la cuenta de las veces que me corrí aquella noche, pero dejé de masturbarme por puro agotamiento físico, hasta que me quedé dormida encima de las sábanas.
A la mañana siguiente el rubor recorría todo mi cuerpo. Me sentía sucia, y no sólo por los jugos que recorrían mis piernas, mi cara y mis manos, sino por mis pensamientos, por mis querencias obscenas hacia ese hombre.
Pensé en contárselo a mi esposo, con el que nunca he tenido secretos, pero tampoco quería importunarlo con algo que seguramente había sido fruto de algún calentón pasajero o momento de debilidad carnal.
Me dirigí hacia la cocina y al entrar escuché a dos de mis doncellas hablar

- Me dijeron que anoche, después de terminar la fiesta, antes de entrar en los aposentos, la compañera del Marques se quitó el vestido, se arrodilló y se metió en la boca su polla. Por lo visto se la estuvo chupando hasta que él se corrió en su cara y así se quedó ella, con la cara cubierta de leche y tumbada delante de la puerta, como una perra, mientras él había accedido al interior del aposento
- Y durmió allí la pobre?
- Por lo visto sí
- No me lo puedo creer
- Pues dicen que fue así, y que cuando se levantó esta mañana el Marques ella seguía allí, momento en que la dejó entrar
- Vaya hombre. Que tremenda maldad
- Ni me lo digas
- Y quien te lo contó?
- Marcel, el mayordomo de nuestro Marqués

Me fui retirando lentamente para que no me vieran. No me lo podía creer. Cuanta maldad debía haber en ese hombre para hacer eso.
Pasé el resto del día atendiendo mis cosas, pero no podía dejar de pensar en lo que les había oído decir en la cocina y en esa pobre chica, tumbada en el suelo durante toda la noche, desnuda, con la cara cubierta de leche y expuesta ante la mirada de quien apareciera por ahí.
Mi esposo y el Marques de Abraxas habían salido de cacería y no regresaron hasta bien entrada la tarde. Fue volver a verlo y de nuevo la excitación, el nerviosismo, se apoderó de mí.
Fue de nuevo como una especie de descarga, de ímpetu desconocido, de chispazo lo que me dominó, lo que superó mi habitual virtud de dominio de las situaciones, y eso que empecé a pensar en la pobre chica, en la situación que se había vivido, en la maldad del Marqués, en sus comentarios de la noche anterior, pero la sensación de deseo que recorría todo mi cuerpo, y lo que es peor, mi mente, hacía que la excitación fuera mayor que la reprobación.
Esa noche de nuevo teníamos un ágape en honor del invitado, y no se por qué razón, o si lo sabía pero no lo quería reconocer, elegí el vestido más escotado y apretado que tenía. Era un vestido que tapaba mínimamente mis tetas debido a su escote recto muy muy bajo, y que marcaba a la perfección mi silueta, remarcando sobre todo mis caderas y mis poderosas nalgas. Además no me puse nada debajo con lo cual ya desde el primer momento mis pezones querían romper la tela.
Como la noche anterior, me correspondió sentarme a la derecha del Marques de Abraxas, que junto con mi esposo, presidía la mesa, sentándose al lado de mi esposo la compañera del Marques.
Al acercarme a la mesa los ojos del Marques recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, clavándose acto seguido en los míos. Pese a mi calentura un escalofrío se apoderó de mi cuerpo. No sé la causa o la razón, pero algo me descolocó por dentro. Aún así, eso no impidió que me pasara toda la velada encharcada, notando cómo mis jugos resbalaban por mis muslos. Pasaba la mano por la silla y podría comprobar que estaba totalmente mojada por mis líquidos.
En varias ocasiones nuestras miradas se cruzaron y eso me hizo estar cada vez más y más orgásmica, más y más ardiente, y cada vez que veía sus ojos, ese escalofrío competía con mi ardor.
Respecto de la acompañante del Marques, no me había fijado en ella, pero a raíz de los comentarios que había escuchado, esta noche lo hice.
Era una chica morena, hermosa, con unos bonitos ojos verdes. Me dí cuenta de que siempre se mantenía en silencio, contestando únicamente cuando alguien se dirigía a ella, pero no llevando jamás sus temas de conversación mucho más allá de frases cortas.
Fue una velada parecida a la anterior, con conversaciones intrascendentes, sin alusiones a conductas o modos de vida, por lo tanto con ningún interés descriptivo por su poca virtuosidad o importancia, a la que se puso fin con la inoportuna indisposición de mi esposo.
Una vez recuperado, nos fuimos retirando a nuestros aposentos.
Me quité el vestido y me dispuse a meterme en la cama, cuando me acordé de la chica que estaba con el Marques de Abraxas.



...continuará...

jueves, 2 de septiembre de 2010

LADY DE MEAIR (1)





Aún recuerdo aquel día como si fuera ayer mismo, y de eso ya han pasado bastantes años, en concreto siete.

En aquella época yo estaba casada con el Marques de Meair, un buen hombre, servicial, honrado, mayor que yo, y que estaba locamente enamorado de mí. Mi vida con él era de lo más relajada y tranquila, aunque siempre echaba un poco en falta el sexo, puesto que nuestros encuentros no solían ser muy habituales y tampoco eran nada del otro mundo, dados sus años y su poca experiencia en el tema, con lo cual me veía obligada a masturbarme, cosa que hacía a diario.

Me dejaba disfrutar de los favores de mis sirvientes, tanto hombres como mujeres, pero como era tan bueno conmigo me daba reparos hacerlo y tengo que reconocer que nunca le fui infiel, me conformaba con masturbarme y follarme a mí misma.

Pero mi vida era tranquila, era feliz y me conformaba con lo que tenía, sin pensar en nada más, disfrutaba de la vida que llevaba y eso era suficiente.

Y eso era así hasta que un maldito, o bendito, día de hace 7 años, conocí al que ahora es mi AMO, DUEÑO y SEÑOR, el Marques de Abraxas, el hombre que me tiene loca por él, el hombre que cambió por completo mi vida, mi existencia, mi forma de pensar, mi forma de vivir…mi propio ser, el hombre que descubrió la hembra que tenía escondida dentro, el que sacó a la luz lo mejor y lo peor de mí, el que dejó que la más extrema y viciosa de las mujeres apareciera a este mundo de pasiones y vicios más sublimes.

Mi esposo había invitado al Marques de Abraxas a pasar unos días en nuestro castillo en muestra de buena vecindad, ya que este último había adquirido hacía muy poco tiempo todas las tierras limítrofes a nuestro marquesado. Por lo visto era un noble con muy buenas influencias en la Corte y que había alcanzado fama y notoriedad en tiempo record.

La primera vez que lo ví fue entrando en el patio de armas del castillo, altivo, elegante, incluso con aires chulescos, montado en un caballo negro reluciente, con un séquito de soldados, dando imagen de ostentación, de poderío, de fuerza, de dominio.

Me retiré del balcón hacia mis aposentos y no volví a verlo hasta esa misma noche, durante la cena de bienvenida.

La mesa estaba dispuesta de tal forma que mi esposo la presidía, junto al Marques de Abraxas, quedando yo a la derecha de este y al lado izquierdo de mi esposo una dama que había acompañado a nuestro invitado.

Yo llevaba un vestido de escote recto y lo suficientemente ajustado para que marcara a la perfección todas las curvas de mi cuerpo.

No soy mujer de teta grande, más bien todo lo contrario. Mis tetas son pequeñas, dominadas por unos pezones no muy prominentes pero tremendamente sensibles a cualquier momento de placer. Incluso con el simple pensamiento consigo que se me pongan duros y erectos, marcándose a través de la fina tela de mis vestidos.

No sé la razón o la causa, pero su sola presencia me había alterado desde el mismo instante que entró en el castillo, desde el mismo instante que su esbelta figura asomó en el patio de armas, montado sobre aquel precioso caballo negro como el tizón, desde el mismo instante que lo ví.

Pero en estos momentos teniéndolo a mi lado, mi excitación era extrema. Me notaba caliente como jamás me había ocurrido, notaba mi corazón palpitar a un ritmo desenfrenado, incluso pensé que me podría dar mal. Nunca me había sentido así, y no me gustaba puesto que tenía miedo de no poder controlarme, de perder el dominio de la situación y de poder hacer algo de lo que luego me podría arrepentir.

Procuraba no mirar para él, pero notaba su presencia, su calor corporal, incluso lo que yo pensaba que era mi imaginación, pero era como una especie de fuerza mental que empezaba a meterse en mi mente, en mi cerebro.

No quería sentirlo pero deseaba sentirlo, no quería estar así pero deseaba estarlo, no quería vivir ese momento de excitación, pero lo estaba, estaba super excitada, no quería querer eso pero lo quería, y mi coño me lo demostraba.

¡¡DIOS!!...estaba literalmente encharcada.

Me preguntaba mentalmente por qué me estaba pasando esto con un hombre al que nunca antes había visto, al que no conocía de nada, al que a lo mejor no volvería a ver en mi vida, con un hombre con ademanes dominantes, chulescos, altivos.

No sabía la respuesta, sólo sabía que estaba caliente, excitada, tremendamente excitada.

La velada transcurrió entre la ingesta de exquisitos manjares, la degustación de aromáticos y deliciosos caldos, amenas charlas sobre temas de damas, de corceles, de cazas, de batallas, y ahí fue donde empezó todo.

Recuerdo que mi esposo hizo el comentario de que no le importaría en una batalla o en avatares de la vida perderlo todo, excepto a su esposa, a la que adoraba con pasión

- En serio, Señor de Meair, que vuestra esposa es vuestro bien más preciado?
- Sin ningún tipo de duda, Señor de Abraxas. Podría perder todas mis posesiones, todas mis tierras, todos mis bienes, pero no podría jamás renunciar a mi amada y adorada esposa, a mi Erica querida, aunque para mí ella no es un bien, es un regalo
- Pero pensad que es un bien material que os ha sido otorgado por la suerte o el azar
- No considero a mi esposa un bien material, mis caballos, mis tierras, mis bienes si lo son, pero ella no, ella es un don divino, es un maná celestial
- No estoy con vos, además casi estoy seguro de que si la perdierais podríais encontrar pronto una sustituta
- Jamás
- Tan seguro estáis?
- Tanto como que estamos hablando vos y yo
- Y vuestra esposa no opina al respecto?
- Preguntadle a ella, la tenéis a vuestra vera
- Que opináis al respecto, mi Señora?
- Que nada me podrá apartar de mi amado y adorado esposo, incluso con la pérdida de todos sus bienes, en la más completa penuria, sería feliz con él
- Perdonad mi incredulidad al respecto
- Dudáis acaso de las palabras de mi esposa?
- No es que dude, Señor de Meair, es que las palabras de las mujeres me son de una total incredulidad siempre, incluso las de vuestra esposa
- No me son de agrado sus palabras, Señor de Abraxas
- Lo siento Señora, pero suelo ser siempre claro en mis comentarios, por ello a veces me he creado muchas enemistades, pero es algo que tengo superado, aunque no me gustaría que ocurriera con vos
- Dejemos el tema seguir su curso y tengamos una placentera velada
- Desde luego que sí, mi Señora
- Y vuestra acompañante no opina al respecto?
- No debe ni puede hacerlo
- Por alguna razón concreta?
- Como vos bien habéis dicho hace un instante, dejemos el tema seguir su curso
- Muy bien, mi Señor


...continuará...