miércoles, 7 de julio de 2010

UN PLAN "B" INESPERADO..

Llevaba ya unos días instalada en la casa de veraneo. Para ese viernes había organizado una cena con varias parejas de amigos que tenían interés en conocer a mi acompañante, con el que había quedado que me recogería para pasar un largo y caliente, y no por la climatología, fin de semana. Pero como siempre, basta que se hagan planes para que estos se caigan como un castillo de naipes.

Ilusa de mi esperaba, con mi maletita preparada, a que sonará el móvil para indicarle como llegar hasta mi. Y sonó, si señor, vaya si sonó. Me llamó para decirme de que tenía una cena y que ya nos veríamos. Apunto estuve de lanzar el teléfono a la piscina, menos mal que no lo hice, porque a los pocos minutos volvió a sonar de nuevo. Contesté sin mirar en un tono de lo más desagradable.


- QuEEEE
- Hola señorita, te pillo en mal momento?
- Hola caballero, no no, perdona, creí que eras otra persona.
- Ocupada esta noche? Sigues de vacaciones?
- No a la primera pregunta y Si a la segunda.
- Estoy cerca, cuanto tardas en arreglarte?

Le dije que estaba arreglada, y le conté lo que había pasado, lo de la cena, lo del plantón y quedamos en ir juntos. Y aunque la velada transcurrió entre amenas conversaciones y risas, en cuanto tuvimos oportunidad de excusarnos, lo hicimos y nos fuimos de nuevo buscando la tranquilidad de la casa.



Recostados en las tumbonas junto a la piscina, con una botella de cava bien fría, empezamos a hablar. Con cada copa, las confidencias se hacían más intimas. Nos contamos nuestras necesidades, nuestras carencias y la temperatura iba subiendo con la misma rapidez con la que el cava corría por nuestras venas. De pronto, provocándome la misma sorpresa que deseo, me beso. Un beso intenso, de esos que hacen que te tiemblen hasta las piernas y sientas esa punzante sensación entre ellas. Un beso tan efímero y eterno que resulta imposible calcular su duración, lo mismo hubiera podido ser un segundo que.. una vida.












Cuando nuestras bocas se separaron, en un intento por recuperar la poca cordura que tengo me separé de él, me descalcé y sentada en el borde de la piscina sumergí mis pies en el agua helada. Depositó la copa, nuevamente llena a mi lado y volvió a sentarse en su hamaca. Sabía que necesitaba pensar, que mi mente estaba decidiendo lo que sucedería esa noche, me concedió el espacio que necesitaba sin dejar de mirarme, porque a pesar de darle la espalda, sentía sus ojos clavados en mi nuca.

Busqué con la mirada alguna toalla olvidada por la tarde con la que secarme el frío que empezaba a sentir. Adivinando mi intención fue a buscarla y tomándome de la mano me ayudó a levantarme.

- Ven, deja que yo lo haga. Tumbate, relajate y deja de pensar de una puñetera vez.





Sin dejar de mirarme ni un instante, se arrodilló frente a mi. Como si temiera que pudiera romperme, con una delicadeza extrema fue frotando mis pies hasta dejarlos secos. Yo los envolví en el vuelo del vestido. No se movió de donde estaba. Sus ojos me sonrieron mientras despacio, sus manos fueron retirando la tela que no le dejaba verlos. Yo seguía sus movimientos, hipnotizada por sus ojos oscuros y profundos, sin atreverme ni a pestañear. El roce de la tela me produjo un dulce cosquilleo que me gustó. Nunca nadie me había tocado los pies. Era como la profanación de la parte más íntima de mi cuerpo.




Uno a uno mis dedos fueron rozados por su dedo indice, en una ceremonia lentísima. Entraba en cada espacio, buscando acariciar lo inaccesible. Después, alargando los segundos, fue descubriendo mis piernas. Sentía sus manos en el centro mismo de mis piernas, y ni siquiera había llegado a rozarme las rodillas. Como era posible sentir eso?

Los fue besando despacio, con devoción, pasando la punta de su lengua por cada uno de ellos, hundiéndola entre sus pliegues. Lamiendo cada centímetro. Sus ganas comenzaban a subir, podía sentir su lengua quemante avivando un fuego que en mi, se diluía en humedades.




Sus manos y su boca trazaron caminos ascendentes por mis piernas hasta llegar a la fuente en la que él, sació su sed y yo mis ganas. Lo hicimos lentamente, sin hablar porque no nos hacían falta las palabras. Dulce y tiernamente, rozándonos en cada embestida el alma.
Desde ese día, yo que nunca me preocupé, como buena piscis, más que lo imprescindible de mis pies, les prestó gran atención, los cuido y los mimo. Quién sabe, lo mismo un día de estos vuelve a aparecer alguien convencido de que, al santo se le empieza a adorar por la peana.


6 comentarios:

  1. A un amante que sabe adorar unos pies... hay que tenerlo a mano.

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  2. Deliciosa fuente para aplacar la sed a tragos. Y, estoy de acuerdo, hay que cuidarse los pies para tenerlos impecables si hay que patear algún culo.

    El protagonista de mi última novela aún sin editar, un perdedor rondando lo marginal, antes de comer prefería cuidarse los pies. Lo explica en la novela y si quiere usted le dejo ese pasaje para que lea.

    Mientras, no suframos por la sed, querida.

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  3. Lady I'am acabo de descubrir su relato "La cena". Directo y emo…tivo. Si en este momento estuviera ud en cualquiera de las ventanas que alcanza mi vista, supongamos que apoyada en el alfeizar, podría ser testigo de las consecuencias de la lectura.

    No me perdonaré nunca haber estado tanto tiempo sin saber de este rincón.

    Pongame a los piés de sus piernas, por favor, que se me está yendo la cabeza.

    Ciao-ciao.

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  4. Mmmmm...ya ves que te lo comenté, y por suerte, al final se demuestra que la adoración a la virgen está muy bien, pero un placer como el disfrutar de los pies de una dama, besarlos, acariciarlos...chupar unos cuidados dedos...no es de este mundo, es más aún.
    Gracias por abrazar la religión podológica.
    Remuacs my Lady.

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