jueves, 22 de julio de 2010

UN DÍA DE LLUVIA

Hacía un día de perros. Agradecí no tener planes concretos. Los martes, jueves y sábado nunca los tengo. El resto de la semana he tomado por costumbre disfrutar de los favores, desde luego siempre tras una pequeña transacción económica, de algunas de las señoritas del barrio que no gozan de demasiada buena reputación. Debo confesar que a mi, personalmente, me resultan más agradables que el resto de la vecindad, con la que apenas intercambio los saludos protocolarios. Me dirigí a la cocina para preparar algo que llevarme a la boca.


- Mierda. Otra vez no! Siempre se me olvida hacer la compra.



Pensé en obviar el refrigerio, pero mi estómago protestó con un rugido que hizo temblar las paredes. De mala gana me vestí y bajé al bar de la esquina protegiéndome bajo las cornisas de la lluvia.

Estaba lleno a reventar. Con el gesto torcido, pasee la mirada por el local esperando encontrar un rincón donde sentarme. Fue entonces cuando la vi. Allí estaba, sentada. Tomando tranquilamente un Martini. El humo del cigarrillo la envolvía, y tuve la sensación de que era lo más parecido a una aparición del más allá que había visto en mi vida. En el breve instante en que nuestros ojos se encontraron, se despejaron mis dudas. Era lo más parecido a una bruja a punto de lanzar una maldición que había visto en mi vida.


Arrastrados, no se si por su magnetismo o por algún tipo de conjuro, mis pasos se dirigieron hacia ella y yo no tuve más remedio que acompañarlos con el resto de mi cuerpo.


-Parece que se ha llenado. Esta buscando mesa?


Le dije que sí, y que la lluvia podía acabar por convertirse en un tremendo coñazo. Ella, sin más, con un leve gesto de su mano me indicó que me sentara: Por favor..., susurró, acompañando la frase con una turbadora sonrisa. Tomé asiento, nos presentamos, y pedí un vino. Estuvimos charlando de esto y de aquello hasta que, pensando ella que la conversación no iba a dar más de sí, disparó sin más:


-El menú de hoy no vale la pena. Le apetece un buen cocido?. Le advierto que tengo buena mano. Si quiere puede acompañarme a casa, será un placer compartirlo con usted.



Mi estómago no pudo resistirse, y yo no supe ni quise hacerlo, así que acepté. Media hora más tarde, tras un breve paseo bajo un paraguas, me encontraba repantigado en su sofá y con una copa de buen vino en la mano, mientras ella se encargaba de los preparativos.


La vi moverse de un lado para otro durante un buen rato, hasta que, al acabar mi segunda copa, me envolvió una extraña sensación de vacío y fui consciente de su ausencia. En el justo momento en que empezaba a inquietarme, oí sus pisadas acercándose. Entró en la sala envuelta en un albornoz y con una toalla secando su cabello mojado. Para evitar que a mi se me pudiese plantear algún tipo de duda dejó, a través de la obertura inferior y de la amplitud del escote, evidencia de que debajo no había otra cosa que piel desnuda. Detalle que agradecí enormemente, porque pensar con el estómago vacío es algo a un servidor le supone un esfuerzo tremendo. Pero habiéndome ella facilitado la cuestión, pude entretenerme en contemplarla.


Era una mujer especial. No porque fuera guapa o fea, ni porque tuviera un buen cuerpo o todo lo contrario. Quiero decir que, a pesar de su edad, seguía conservando una cautivadora figura, a la que acompañaba un rostro enmarcado por una oscura melena, que dotaba al conjunto de un enorme atractivo. En definitiva, podría afirmar sin temor a equivocarme, que estaba buena de cojones. Tanto que, a mi, que soy un amante reconocido de la carne fresca y lozana a buen precio, su madurez, lejos de provocarme repulsión, me invitaba a profundizar en los misterios, sin duda gozosos, de su veteranía.



-El agua está deliciosa- dijo - He dejado otro albornoz en el baño, por si quiere ponerse cómodo. Con toda confianza. Total,vamos a estar los dos solos.Dudé de si había segunda intención en su inusual invitación. Si bien era cierto que había salido de casa sin pasar por otra agua que no fuera la de la lluvia, mi olor corporal no era demasiado insoportable. Por lo que lo tomé como una sutil insinuación a pasar una tarde de vehemente goce. Me duché, claro que me duché, entregado a unos pensamientos que, acaso sin pretenderlo, me estaban provocando una intensa erección.






Por no hacerle un feo a mi inesperada anfitriona, me senté a degustar el almuerzo en las mismas condiciones que ella, luciendo mi torso desnudo y dejando asomar mis muslos por la entreabierta prenda. El cocido, debo reconocer que estaba de muerte. Tan de muerte como la cocinera, que sentada frente a mí, se había abierto discretamente el escote para mostrarme la exquisita caída de sus pechos, atenta a todas y cada una de mis reacciones, mientras yo la miraba con total descaro. En un momento en que una gota de vino resbaló de su boca a su busto, me apresuré, con un elegante movimiento a secársela. Una sonrisa se dibujó en su rostro dando a entender que el gesto había sido de su agrado. Cada vez se abría más el albornoz, la aureola de sus pechos me invitaba a adivinar dos magníficos pezones que, de buena gana, le hubiera succionado en aquel mismo instante. Pero reconociéndome neófito en su juego, me contuve.



Mi anfitriona me llenaba continuamente la copa en cuanto esta se vaciaba, haciendo otro tanto con la propia. Comimos y bebimos con un razonable exceso. Sabedora de que el sopor y la laxitud subsiguientes a una excelente comida eran, sin duda alguna, la mejor antesala del sexo, y convencida como estaba de tal hecho, fue aligerando su recato y librándose, cada vez más, del enclaustramiento al que el albornoz sometía a su cuerpo.

-Pongámonos cómodos. Siéntese en el sofá mientras yo voy por el café, ¿le apetece un brandy?

Acepté con la esperanza de que el exceso de alcohol disminuyera parte de mi erección. Me dolía la polla y empezaba a sentir una incómoda urgencia. Sirvió el café y se sentó a mi lado, con las piernas cruzadas y descalza, saboreando la bebida y pasando la lengua por el labio inferior con lascivia evidente, dejando que sus dos muslos mostraran todo su poderío. Entonces, apurando mi copa de un trago, me recosté y, abriendo a su paso el albornoz, se irguió mi pene, enrojecido por la excitación.




-Uy, pobre, que mal rato está pasando – dijo mientras lo cogía sopesando mis hinchados huevos con la mano izquierda, al tiempo que deslizaba suavemente la derecha por aquella columna hasta la altura del glande, rodeándolo con el índice y el pulgar. Moviendo de arriba a abajo la piel hasta que la excitación hizo que segregara grandes hebras de flujo que ella, amable y dedicadamente, recogió con su lengua, para al final introducirla en su boca. Comenzó a chupando de arriba a abajo, mientras con su otra mano presionaba mis testículos, haciéndome llegar casi al borde del desmayo.




Por miedo a precipitarme, retiré mi miembro de tan placentero cobijo y le insté a recostarse en el sofá. Le abrí las piernas, doblé sus rodillas, y las flexioné hacia arriba. En esa postura su coño me permitía dedicarme un buen rato a jocosos juegos. Recorrí con mis dedos los labios externos lentamente y, una vez comprobada la eficacia de tales caricias, accedí a los interiores, poniendo extremada atención en que rozaran el clítoris pero sin llegar a tocarlo directamente. Podría asegurar que estaba causándole, a parte de buena impresión, una deliciosa ansiedad, a juzgar por la manera en que se humedeció, hecho que yo aproveché para lubricarle el ano e introducir sin ninguna dificultad uno de mis dedos, al tiempo que acariciaba con el pulgar la entrada de la vagina.


Con mi otro brazo la obligaba a mantener tan lúbrica posición, sin dar descanso a mis tocamientos, hasta que consideré oportuno aproximar mi boca a su coño y, sin dejar de acariciarla, comenzar a devorárselo con ganas. Perdida la compostura, se movía y gritaba como una posesa ante el despliegue de mis artes amatorias que la tenían al borde de éxtasis.


-Venga, no sea cabrón, ¡a qué espera para reventarme el coño con su polla! ¡Métamela ya! ¿No ve que no puedo más?
-Lo haré –repuse, restregándosela por el clítoris-, pero si la quiere tendrá que confesarme que no es más que una puta, verá yo solo follo a...

-Una puta –me interrumpió-, la más zorra y la más caliente de todas las putas; pero fólleme ya, folle a esta puta de una puta vez.



Entonces la penetré y comencé a castigarla como se merecía, sin sentir compasión por sus gritos y jadeos, que aumentaban de intensidad a cada movimiento, la embestía impasible, con dureza, exprimiendo sus senos y mordiendo con fiereza sus pezones, hasta que se corrió salvajemente y yo, aguijoneado por sus convulsiones, no pude evitar inundarla con mi semen, mientras pensaba que afuera, posiblemente seguía lloviendo.






miércoles, 7 de julio de 2010

UN PLAN "B" INESPERADO..

Llevaba ya unos días instalada en la casa de veraneo. Para ese viernes había organizado una cena con varias parejas de amigos que tenían interés en conocer a mi acompañante, con el que había quedado que me recogería para pasar un largo y caliente, y no por la climatología, fin de semana. Pero como siempre, basta que se hagan planes para que estos se caigan como un castillo de naipes.

Ilusa de mi esperaba, con mi maletita preparada, a que sonará el móvil para indicarle como llegar hasta mi. Y sonó, si señor, vaya si sonó. Me llamó para decirme de que tenía una cena y que ya nos veríamos. Apunto estuve de lanzar el teléfono a la piscina, menos mal que no lo hice, porque a los pocos minutos volvió a sonar de nuevo. Contesté sin mirar en un tono de lo más desagradable.


- QuEEEE
- Hola señorita, te pillo en mal momento?
- Hola caballero, no no, perdona, creí que eras otra persona.
- Ocupada esta noche? Sigues de vacaciones?
- No a la primera pregunta y Si a la segunda.
- Estoy cerca, cuanto tardas en arreglarte?

Le dije que estaba arreglada, y le conté lo que había pasado, lo de la cena, lo del plantón y quedamos en ir juntos. Y aunque la velada transcurrió entre amenas conversaciones y risas, en cuanto tuvimos oportunidad de excusarnos, lo hicimos y nos fuimos de nuevo buscando la tranquilidad de la casa.



Recostados en las tumbonas junto a la piscina, con una botella de cava bien fría, empezamos a hablar. Con cada copa, las confidencias se hacían más intimas. Nos contamos nuestras necesidades, nuestras carencias y la temperatura iba subiendo con la misma rapidez con la que el cava corría por nuestras venas. De pronto, provocándome la misma sorpresa que deseo, me beso. Un beso intenso, de esos que hacen que te tiemblen hasta las piernas y sientas esa punzante sensación entre ellas. Un beso tan efímero y eterno que resulta imposible calcular su duración, lo mismo hubiera podido ser un segundo que.. una vida.












Cuando nuestras bocas se separaron, en un intento por recuperar la poca cordura que tengo me separé de él, me descalcé y sentada en el borde de la piscina sumergí mis pies en el agua helada. Depositó la copa, nuevamente llena a mi lado y volvió a sentarse en su hamaca. Sabía que necesitaba pensar, que mi mente estaba decidiendo lo que sucedería esa noche, me concedió el espacio que necesitaba sin dejar de mirarme, porque a pesar de darle la espalda, sentía sus ojos clavados en mi nuca.

Busqué con la mirada alguna toalla olvidada por la tarde con la que secarme el frío que empezaba a sentir. Adivinando mi intención fue a buscarla y tomándome de la mano me ayudó a levantarme.

- Ven, deja que yo lo haga. Tumbate, relajate y deja de pensar de una puñetera vez.





Sin dejar de mirarme ni un instante, se arrodilló frente a mi. Como si temiera que pudiera romperme, con una delicadeza extrema fue frotando mis pies hasta dejarlos secos. Yo los envolví en el vuelo del vestido. No se movió de donde estaba. Sus ojos me sonrieron mientras despacio, sus manos fueron retirando la tela que no le dejaba verlos. Yo seguía sus movimientos, hipnotizada por sus ojos oscuros y profundos, sin atreverme ni a pestañear. El roce de la tela me produjo un dulce cosquilleo que me gustó. Nunca nadie me había tocado los pies. Era como la profanación de la parte más íntima de mi cuerpo.




Uno a uno mis dedos fueron rozados por su dedo indice, en una ceremonia lentísima. Entraba en cada espacio, buscando acariciar lo inaccesible. Después, alargando los segundos, fue descubriendo mis piernas. Sentía sus manos en el centro mismo de mis piernas, y ni siquiera había llegado a rozarme las rodillas. Como era posible sentir eso?

Los fue besando despacio, con devoción, pasando la punta de su lengua por cada uno de ellos, hundiéndola entre sus pliegues. Lamiendo cada centímetro. Sus ganas comenzaban a subir, podía sentir su lengua quemante avivando un fuego que en mi, se diluía en humedades.




Sus manos y su boca trazaron caminos ascendentes por mis piernas hasta llegar a la fuente en la que él, sació su sed y yo mis ganas. Lo hicimos lentamente, sin hablar porque no nos hacían falta las palabras. Dulce y tiernamente, rozándonos en cada embestida el alma.
Desde ese día, yo que nunca me preocupé, como buena piscis, más que lo imprescindible de mis pies, les prestó gran atención, los cuido y los mimo. Quién sabe, lo mismo un día de estos vuelve a aparecer alguien convencido de que, al santo se le empieza a adorar por la peana.