viernes, 4 de septiembre de 2009

MI PUNTO DEBIL ( I parte)



Tengo un punto débil, lo confieso. Un solo punto en toda mi anatomía que me rinde y me entrega. Nadie lo conoce, solo él, ilusamente creí que después de tantos años lo habría olvidado, me equivoqué, aún lo recuerda... aún sabe como usarlo.

Esa noche, como últimamente se estaba haciendo habitual, habíamos salido a cenar. De camino hacia el coche no dejó de provocarme, iba directo a ese punto sometiéndome a su voluntad. Creo que, como si de una premonición se tratara bebí más alcohol de la cuenta, inconsciente anulé todas mis barreras de protección.
Sentados en su coche parado, tardé unos segundos en ubicarme, en adaptar mi cuerpo al asiento, a la incomodidad del cinturón de seguridad, a dejar que la música me envolviera. En un juego de miradas y silencios, noté mi lengua adormecida, y la agradable pesadez de mis párpados adormecidos en el duermevela de la realidad y la fantasía. Mi mente anestesiada se puso a recorrer los recuerdos casi olvidados de años lejanos, mientras intentaba inútilmente hacer recuento de las copas de vino que había ingerido. Pasara lo que pasara, tenia la certeza absoluta de que al día siguiente me arrepentiría de esa noche. Pero su mano me saco de mis profundos y estériles devaneos mentales. Su mano y la humedad. Me miraba sonriendo maliciosamente mientras jugueteaba conmigo, con mi punto vulnerable. Y es que cuando me tocan ese punto, no me queda más remedio que perder el control. No me quedaba más remedio que entregarme entreabriendo las piernas para facilitarle el acceso, al tiempo que cerraba los ojos en un intento de evadirme de la culpabilidad por ser incapaz de contenerme. Su mano se coló por debajo de mi tanga mientras un estremecimiento me recorría y hacia que me hundiera más y más en el asiento del jodido coche. Sus dedos se adaptaron al ritmo de la canción que sonaba, jamás hubiera imaginado que Amaya Montero pudiera sonar tan erótica, tan lasciva, y tan viciosa hasta ese momento. Me dejé hacer mientras mi garganta iba ahogando pequeños gemidos, sintiendo como aumentaba su deseo en cada uno de sus movimientos, como crecía su excitación entre sus piernas. Mi mente viajaba una y otra vez de la cordura a la locura, de la locura a la sensatez, de la sensatez al deseo. No era posible, aquello no podía estar sucediendo, y sin embargo nos comportábamos como dos adolescentes con las hormonas en plena efervescencia. Recuperando el aliento, le susurré al oído:

“ Llévame a casa.. por favor..”

Se separó de mi, puso el coche en marcha y lo dirigió hacia mi casa. Apenas me miraba, pero las pocas veces que lo hizo descubrí en sus ojos un brillo que me era familiar, un brillo que me dejó claro que quizás mi intento de huida se había convertido en mi propia trampa.

2 comentarios:

  1. Que intenso momento en al auto, aunque parece que lo mejor esta por venir; este tipo de relato me gusta porque mezcla fantasía y realidad...

    Espero la continuación, mientras tanto, besos provocativos

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  2. Un relato natural, pero armonioso.
    Un saludo


    pacobailacoach.blogspot.com

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