viernes, 12 de junio de 2009

QUILOMBO - II -



Desde luego que le estaba provocando, estaba muy claro, quería que la siguiera, dejó unos billetes atropelladamente en la mesa y salió a la negra noche.

Donde diablos se había metido esa mujer, miró en ambas direcciones de la oscura calle. Le pareció ver una sombra cerca del viejo almacén abandonado, y dirigió hacia allí sus pasos. Parado frente a la entrada, pudo ver la silueta de ella recortada contra los ventanales apenas iluminados por alguna vieja farola. Todo estaba muy oscuro, pero estaba seguro, ahí estaba ella, subiendo al piso superior, donde antes debían estar las oficinas.

Se acercó por detrás, lentamente y le susurró algo al oído, algo que hizo saltar por los aires las pocas barreras que le quedaban esa noche, algo que llevaba mucho tiempo esperando, mordiéndose el labio, se giró sensualmente y le besó sujetando con ambas manos su cabeza, mientras le oía suspirar y sentía sus manos recorriéndole el cuerpo en caricias que estaban empezando a volverla loca, acelerando cada vez más su respiración. Su cuerpo y su mente habían llegado a ese punto en que ya no había marcha atrás.

La sujetó entre sus brazos, apretándola fuerte a él, frotándose contra ella, sin dejar de susurrarle palabras obscenas que parecían gustarle, ya que había empezado a gemir y le miraba sonriendo. No acababa de creerse la suerte que había tenido, quizás la había pillado en sus de más necesidad.

Le quitó el jersey y el sujetador, sin que ella ofreciera resistencia alguna, y aferró a sus pechos, estrujándolos y retorciéndolos con la fuerza de la pasión, haciendo que endurecieran entre sus dedos los pezones sin dejar de mordisquearle el cuello y restregar su cada vez más endurecido miembro contra la entrepierna de ella. Sentir como crecía la erección del hombre la excitaba aun más.

La levantó en el aire y la colocó sobre una vieja mesa arrinconada. Dar rienda suelta a sus deseos más salvajes hacía que la temperatura de ambos fuera subiendo y subiendo cada vez más, al ritmo de sus toqueteos y caricias. La mujer comenzó a gemir con mayor intensidad, también a él le estaba gustando.

-¿Quieres que vayamos a otro lugar?
-Quiero que sea aquí mismo, ahora...

Sonrió, también a él le excitaba que algún vagabundo de la noche entrara en el almacén y les sorprendiera. La bajó de la mesa, la giró y se pegó a su trasero, mientras una de sus manos se dedicaba a fuertes caricias en el pecho y la otra se adentraba en el pantalón buscando penetrarla, ella se arqueó sacudida por oleadas de placer.

Estaba empapada, los dedos de él resbalaban entre sus fluidos, buscando y encontrando su clítoris, introduciéndolos hasta lo más profundo, mientras ella ahogaba gritos de placer dejándose hacer por él, hasta que ya no pudo más y echando las manos hacia atrás introdujo su mano por la bragueta de él, para finalmente desabrocharle el pantalón dejándolo caer. Sus manos recorrían el pene, acariciándolo, estudiándolo, comprobando su grandeza en el apogeo de su máxima erección y dureza.

Con prisas bajó los pantalones de la mujer y atrayéndola hacia él la penetro con urgencia, con fuerza, de un solo golpe, provocándole un tremendo orgasmo, que la convulsionó mientras él se movía lentamente, entrando sin dificultad por el río de fluidos que de ella manaba, notando las paredes vaginales, sintiendo como la llenaba totalmente, sintiendo un placer indescriptible, como el que ella debía estar sintiendo a juzgar por su manera de gemir y arquearse. La completa simbiosis de ambos sexos aceleró el ritmo, con embestidas cada vez más rápidas, potentes y profundas derramando el néctar del placer escondido, deseado, añorado en las noches de la soledad, hasta caer rendido, abrazándola, sintiendo su pene palpitar dentro de la calidez femenina de su Venus surgente.

Permanecieron abrazados en silencio hasta que recuperaron el aliento y se acomodaron la ropa.
Ella se sentó sobre la mesa, con sus largas piernas balanceándose en el aire mientras encendía un cigarrillo.

-Ha sido muy rápido?- preguntó él sentándose frente a ella sobre una vieja caja.
-Importa? ha sido intenso, los dos estábamos muy calientes poseyéndonos.

El breve tiempo que tardó en fumarse su cigarro se hizo eterno, sentados cada uno frente al otro, mirándose, pero sin atreverse a decir nada, buscando en los ojos del otro las respuestas a las preguntas que no se atrevían a hacer, porque no tenían derecho a formularlas. Ella preguntándose en que estaría pensando el hombre que había conseguido derrumbar todas sus murallas. El, intentando saber que tendría en la mente esa mujer con aire misterioso que se perdía con aire descarado por los oscuros descosidos de las noches. Y la oscuridad se hacía más intensa, casi tanto como sus silencios, mientras sus miradas seguían diciendo mucho más que cualquier cosa que hubieran podido decirse en esos momentos.

Se levantó sin dejar de mirarle, lentamente se le acercó, parecía cansada, despeinada, se le había borrado todo rastro de maquillaje, pero se movía con igual sensualidad que al nacimiento de la noche. Pasó delicadamente un dedo recorriendo el contorno de su cara como queriendo grabarlo en la memoria, se agachó y le besó. Como alma que lleva el diablo bajó de tres en tres los escalones y se perdió en la oscura noche.

Sintió ganas de echar a correr tras ella, pero no movió un solo músculo, continuó sentado sobre la vieja caja, con el convencimiento de que no volvería a verla más, quizás en una semana o dos volviera de nuevo a visitar ese local, quizás la viera sentada en su mesa, quizás.... Cerró los ojos y se recostó contra la pared, reviviendo en su mente cada mirada, cada caricia, cada gemido...
A un par de calles del viejo almacén sentada en una parada de bus, fumando un cigarrillo, una mujer se preguntaba que le había llevado a salir corriendo... con ese dilema en sus labios liberó sus dedos del placer del tabaco, giro su silueta en la penumbra de la sombra nocturna y oscilando sus caderas deshizo la evasión del miembro masculino que disipo su pudor de sexo y su entrega....
(Gracias a M.P. por sentarse conmigo a escribir este relato)

1 comentario:

  1. Qué razón tienes my Lady...no importa si es rápido, corto o largo, importa la intensidad con la que se haga.
    Pueden ser horas y significar un trabajo o ser unos minutos y demostrar devoción.
    De todos modos yo sí habría movido todos mis músculos para salir en su búsqueda.
    Remuacs, como siempre, sentidos y deseados.

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