jueves, 21 de mayo de 2009

A DOS VOCES... - III -



EL



Estaba realmente excitado, esta mujer me había encendido como hacía tiempo ninguna había logrado. Estaba totalmente humedecida, y mis continuas caricias no hacía otra cosa que llevarla cada vez más lejos. La deseaba ahí mismo, en ese instante, quería masturbarla, volverla loca de placer y ella no quería que me detuviese, su mirada, su cuerpo me pedían más y más. No podía ni creerme que pudiera haber llegado al orgasmo en mitad de un restaurante, yo no quería mirar a mi alrededor, quería disimular, pero la cara de ella resultaba de lo más evidente.

Su mano seguía acariciando mi miembro totalmente erecto, a punto de explotar, fijé mi mirada en esa mano que me estaba haciendo perder el sentido, entonces me dí cuenta de que llevaba una alianza puesta. Ver ese anillo en su dedo aún me excitó mucho más.

-Si nos quedamos un solo segundo más te violaré sobre la mesa a la vista de todos, busquemos un lugar más apropiado – dije casi suplicando.

-Si, no creas que esto va a quedar así – respondió al tiempo que se reponía de sus espasmos.

Pedí la cuenta, aunque lo cierto es que apenas habíamos tomado un aperitivo. Tomándola de la cintura la guié hasta mi coche.

-Bien, donde quieres que vayamos?- pregunté decidido a llevarla a mi apartamento.

-Vamos a mi casa, pero antes hay algo que llevo deseando hacer desde hace mucho rato- dijo al tiempo que me besaba con desespero.

Conduje por la ciudad hasta llegar donde ella vivía, su mano no dejó de regalar caricias a mi endurecido pene, volviéndome loco.

Nada más entrar en el portal, la sujeté por la cintura y busqué su boca y nuestras lenguas volvieron a entrelazarse calientes. Entramos en el ascensor sin dejar de besarnos, una vez dentro, comencé a acariciar el maravilloso culo que tenía, mis manos no dejaban de apresar sus nalgas, y ella, ella se pegaba más y más a mi, entreabriendo las piernas, mientras sus duros pechos me acosaban, y no pude resistirme a dirigir mis manos hacia ellos. Tenía tanta necesidad de tocarlos, sentirlos, apretarlos, acariciarlos.

-Hagamoslo... por favor... no puedo más- sus palabras entrecortadas por la excitación cegaron mi mente y me dejé llevar solo por mis instintos.

Entre besos y caricias me condujo por la casa a oscuras hasta la habitación. Una vez cerrada la puerta tras nosotros fue directa a mi cinturón para abrirse paso, su mano experta extrajo mi miembro hinchado. Se arrodilló frente a él, y comenzó a acariciarlo en toda su extensión, su lengua se relamía de gusto como si se encontrara frente a uno de los manjares más exquisitos... y su boca se lanzó sobre él.

Las caricias de su lengua y de sus manos, el vaivén de succión con el que se sacudía su cabeza, me transportaba a un mundo de placer total, haciéndome casi imposible aguantar por más tiempo derramar mi semen en su boca. Pero quería más, mucho más. La tomé por los brazos y la levanté para volver a besarla al tiempo que desabrochaba la parte de arriba de su vestido, dejando al descubierto sus hermosos pechos, dejando a la vista sus duros pezones. Los apresé con mi mano, mi lengua los rodeó, los mordí al tiempo que ella dejaba caer hacia atrás su cabeza embriagada de placer.

Llevado por el instinto levanté la falda de su vestido, le arranqué la ropa interior totalmente empapada, ahí mismo, de pié, ella tomó mi pene y lo introdujo en su interior. Nuestros sexos se unieron deslizándose suavemente, con un calor que nos quemaba y ambos emitimos un gemido de placer al sentirnos.
Entré en ella todo lo que la posición me permitía y ella comenzó un movimiento de cadera que me envolvió por completo.

-Así... así... dámela... dámela toda...- me rogaba sin dejar de moverse.

El momento era muy intenso y estaba haciéndome llegar al límite, instintivamente la giré. Ella apoyó las manos en la pared. Subí el vestido hasta quitárselo por encima de su cabeza, y mientras acariciaba con una de mis manos su pecho dirigí la otra a su apetecible trasero

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